Ella tenía 16, él 15, y se habían visto una vez en el baile de Navidad, celebrado todos los años en el centro de la ciudad. Vestía ella en esa ocasión un vestido de lunares ceñido a la cintura y, sofocada por el aire cargado de la fiesta, había ido a buscar una Coca-Cola en la única mesita desplegable, una manchita roja lejana, situada en el kiosco del parque.
Resignada, había empezado la ardua labor de apartar a la masa humana de su camino, y maldijo entre dientes haber vuelto una tradición dos cosas: asistir a la fiesta de Navidad, y hacerse manicure todos los años en esa única ocasión. Se le estaban lastimando las uñas al rasgar las superficies que le impedían llegar. “No soy yo una damita refinada”, pensó, “pero hoy, como todos los años, lo aparento”. Y aún así no había llegado el caballero, alma alguna había tocado a su puerta, no hubo nadie que la viera y cayera a sus pies. Sólo eran comunes los sofocos, la acumulación humana y la desilusión. Y en estas reflexiones le llegó un pensamiento trivial y cruel: seguiría todos los años asistiendo a la fiesta de Navidad, con un vestido diferente cada vez, hasta que los colores se agotaran y ella se marchitara sin pena ni gloria. Su destino decidido por acuerdo unánime de los dioses del desamor, pensó asustada.
“Sólo agarra la Coca-Cola y vete a casa, sólo agarra la Coca-Cola y vete a casa, solo agarra la Coca-Cola y vete a… ¡Qué calor!”
Las mujeres bailaban y los hombres danzaban con movimientos cadenciosos y rápidos. El ruido de la banda en vivo acentuaba la presión creciente de aquel tumulto amorfo. El aire fresco disminuía mientras el sudor, la comida, LA HUMANIDAD, se unían en un baile descontrolado alrededor de ella. “Si no me voy de aquí,” pensó, “voy a desmayarme, voy a desmayarme y moriré prensada.” Pisoteada por un dios omnipotente, sola en un lugar tan lleno de nada. Empezó a jadear, viendo el kiosco a unos 20 metros, viendo ya hasta la inscripción “un producto de The Coca-Cola Company”, divisando las estrellas en el cielo nocturno abismal. Cerró los ojos.
Y los volvió a abrir. El sudor de los ojos le cegaba la vista, pero aún así lograba ver una cara inmóvil, con ojos estáticos, tristes e infinitamente abiertos. Era un muchacho con camisa roja y pantalones grises. Sólo estaba ahí, viéndola. “Felicidades, chico, compraste un boleto gratis al museo del morbo”. Necesitaba ayuda y él sólo se le quedaba viendo. Las fuerzas le fallaban e imploró a lo que fuera que controlaba sus músculos que se movieran hacia la mesita roja.
Entonces sintió sus brazos, y fue alzada como un muñeco al viento. El chico, ahora a su lado, seguía manteniendo sus ojos como platos, pero ya no ahora clavados en ella, sino en el kiosco inalcanzable.
Y cómo muestra de gratitud, ella sólo pudo decir: “Tengo seca la boca”.
Y él, sin volverse a verla, sonrió, y en su sonrisa ella entrevió un aire de grandeza. “Entonces hay que hacer que llueva, ¿no?”.
Jadeando, ella trató de reír, aunque no encontró sarcasmo en su tono. “¿Lo…dices…en serio?”
Un segundo después él la miró, y ella supo la respuesta incluso antes de que él le contestara, antes de imaginar que el mundo está lleno de misterios, de momentos mágicos, de caídas, sofocos y Coca-Colas caprichosas.
Lo que él dijo fue: “Pero por supuesto que sí”.
Y empezó a llover.
Fanny Esquivel
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